Reconozcámoslo. Para un maratoniano, no correr un maratón, es una P.M. Sacrificas infinidad de tiempo en prepararte la carrera, para que unas semanas antes “salte alguna tecla” y te tire al traste todo lo trabajado. En un símil laboral, es lo mismo que cuando crees tener una buena idea, la pones en funcionamiento y te das cuenta unas semanas después que no funciona.
Pero sabéis una coas, hay muchas formas de poner hacer un maratón. Uno de ellas es ayudar a un amigo a conseguir su objetivo. Es decir, lo que se conoce popularmente como “liebre”.
A estas alturas de la lectura estarás pensando… bueno, lo de la liebre está muy bien, pero es mejor correr el maratón por ti mismo ¿no? Pues no sé, sigue leyendo y después saca tu propia conclusión.
Este año no he podido correr el Maratón de Valencia, por suerte no ha sido por ninguna lesión, más bien para evitar lesionarme. No se puede “correr todo”. En mi caso venia de debutar en un Ironman un mes antes y no era cuestión de forzar el cuerpo.
Así que cuando mi amigo y compañero de equipo, Juan Orri, me pidió que le hiciera de liebre en el maratón, se me abrió un mundo. Era una oportunidad para no apartarme del espíritu maratón, pero sin tener que estar en primerísima línea.
La liebre, un trabajo serio
Lo que tenía claro es que hacer de liebre no era una tontería. No es acompañar a un amigo unos kilómetros durante una carrera más. Para mi era casi como un trabajo, y por lo tanto, tenía que ser lo más metódico posible, y sobre todo saber ponerme en el lugar de los demás. En este caso de mi amigo Juan.
Para que Juan pudiera conseguir su objetivo debía en primer lugar analizar porque antes no lo había conseguido. Juan es un corredor muy disciplinado, y fisicamente muy preparado. No acaba de entender porque antes no había conseguido su objetivo (bajar de 3h en un maratón).
Así que comencé a hacer de liebre-psicólogo desde el primer día que hablé con Juan de sus anteriores maratones. Después de muchos “almuerzos”, descubrí que el problema de Juan era más mental que físico. A Juan le faltaba confiar más en si mismo cuando llegaba el temido “muro” en el maratón. Me pasé mas de dos meses diciéndole, “Juan, no hay muro”.
Cuestión de confianza
Tenía claro que tenía que centrarme en dos aspectos. El primero era ganarme la confianza de Juan y el segundo lograr que durante la carrera Juan no se diera cuenta que había pasado su temido muro.
Para lograr el primer objetivo, ganarme su confianza, decidí entrenar con Juan en su preparación del día a día. Era necesario que Juan viera con sus ojos que era capaz de mantener el ritmo acordado por los dos en los entrenamientos. Ni más rápido, ni mas lento.
El segundo objetivo, distraer a Juan en la carrera, sabia que me iba a costar más. Pero tenía claro que iba a ser clave en la consecución de su objetivo. Debo reconocer que me pasé media carrera distrayendo a Juan con todo lo que se me pasaba por la cabeza. Desde recordarle todo lo duro que había entrenado durante los últimos meses, hasta salirme a media carrera para chocar la mano a una persona que iba disfrazada de Mario Bros. Todo por una causa, que Juan corriera del km 25 al 32 sin darse cuento. Y oye, lo conseguimos!.
Su felicidad, tu felicidad
Cuando llegamos a la recta final de la carrera, ambos sabíamos que lo iba a conseguir. Y creedme, en ese momento no se quien estaba mas feliz, Juan o yo. A mi sólo me faltó llorar cuando vi el reloj sobre la pasarela azul. Por fin Juan iba a conseguir su objetivo, y yo por lo tanto había hecho bien el trabajo encargado.
Justo en ese momento, cuando el estaba cruzando la línea de meta de los 42,195K es cuando me di cuenta que no hay mayor felicidad que hacer feliz a otras personas. Como le dije a Juan #NUNCATERINDAS